La película "I'm In Love with a Church Girl" es una buena película basada en una historia real.
Es sencillo elogiar al protagonista que luego de tener problemas con la Ley, se enamora de una joven de la Iglesia y en un momento definitorio, cambia y entrega su vida al Señor. Así, lo que surgió del bautismo que lleva al inspirador final de la película, lo veo como el verdadero comienzo. A cada alma le toca buscar testimoniar su Nuevo Comienzo.
Sin embargo, al profundizar un poco, se descubre que si la joven hubiese seguido los moldes tradicionales, nunca se hubiese casado con ese hombre; ya que se le hubiese tratado de imponer que su esposo debía ser del lugar de congregación.
Hay historias bonitas en que funciona el molde de personas del mismo lugar de congregación. Sin embargo, las más heroicas y admirables historias de amor superan moldes y crean nuevos paradigmas.
Voy más allá: Ir en contra de historias que unen y complementan a personas diferentes o que tocan a quienes necesitan cambiar mucho para unirse bien con el gran amor de su vida, es ir en contra de las bases de la evangelización y poner en duda el poder de conversión y consagración de un nuevo ser.
En la película, hubo un momento en que el protagonista desarrolló la más intensa oración y el más puro clamor solo ante Dios. En ese momento en que con nadie cuentas para una oración de común acuerdo y sabes desde bien adentro que procede cuestionar o pactar con Él para el milagro que debe ocurrir indistintamente de opiniones y oposiciones, es que surge una luz.
El verdadero cristianismo no es estilo impositivo; tampoco es buscar fabricar parejas por tratar de conseguir doble diezmo y doble ofrenda.
El verdadero cristianismo es buscar dedicar al Eterno nuevas historias del Encuentro personal con el Señor que no glorifica a la soledad, al culto al sufrimiento y la escasez y al conformismo, sino que prospera en el triunfo del amor que supera barreras de edad, cultura, geografía y formación, y traza la ruta hacia la Eternidad desde la plenitud en esta tierra.