viernes, 9 de diciembre de 2016

Reenfocar en el tema de la marihuana es obrar con sabiduría.

Tiene mucha razón el planteamiento lógico de Pablo José Hernández:La legalización no significa que la marihuana es buena; solo reconoce que regularla es mejor que prohibirla”. Procede diseñar la mejor implementación de la buena idea. No es solo el beneficio económico de la propuesta, es el crecimiento integral como civilización.

En los términos directos: El enfoque extremadamente punitivo ante la marihuana no ha funcionado y la llamada “guerra contra las drogas” no ha dado los resultados esperados. Se necesita fomentar el respeto a la ley y lo sano y al mismo tiempo, no promover estilos con intereses y remedios peores que la enfermedad.

El mensaje extremista que nada tiene que ver con la familia, lo humano y cristiano, tiende más a la exclusión, al maltrato y al cainismo. La estrategia de pretender resolver todo con la cárcel es más costoso y voy más allá: Es aberrante el encarcelar a una persona por tener un cigarrillo de marihuana mientras hay quienes cometen peores delitos y logran impunidad mediante recursos y tecnicismos.

El argumento de rechazo a la marihuana por los efectos nocivos y porque de ahí se pasa a buscar experimentar con drogas más fuertes, confirma que lo más necesario son equipos multidisciplinarios y no lo solo punitivo que busca barrer bajo la alfombra.

Recordemos que, ante la postura de apertura del Gobierno Federal y el tema del cannabis medicinal, se hace necesario explorar nuevas y mejores formas de ver y hacer las cosas. Einstein dijo: “Ningún problema puede ser resuelto ni comportamiento cambiado por el mismo nivel de conciencia que lo creó”. Eso nos confirma lo sabio de crecer y no resignarnos a más de lo mismo. Hay que dar luz sobre los caminos mejores y superiores que el abuso de las drogas legales e ilegales. Es algo humano y sensato.

Ante ese tema, procede recordar palabras pronunciadas por Rafael “Churumba” Cordero Santiago, en su toma de posesión como Alcalde de Ponce de 1997:
·         “Cuando Puerto Rico comenzó su vertiginoso desarrollo económico dejó a la vera del camino las enseñanzas básicas que la familia solía darle al niño desde su nacimiento; que usted tiene que cumplir primero con sus deberes para entonces reclamar derechos y que las escuelas no pueden sustituir al hogar. La familia tiene que, a esa pequeña criatura acabada de nacer, darle buenos ejemplos y, entonces la escuela darle el pan de la enseñanza. De esta forma, la escuela se convierte en la prolongación del hogar. Pero, nosotros no podemos pretender que la escuela ofrezca el amor, el respeto y las buenas costumbres, principios valorativos que son obligación del padre y la madre. Por eso me irrita oír: ‘la juventud está perdida’. Es que nos olvidamos de que la juventud es el reflejo de la sociedad en que vivimos. En el 1967, Puerto Rico tenía 1,500 usuarios de drogas, y alrededor de 3,000 efectivos integraban la Policía de Puerto Rico. Hoy, hay sobre 300,000 usuarios de drogas y cerca de 20,000 personas en la fuerza policiaca. Se han establecido radares, aerostatos, se gastan miles de millones de dólares en tratar de que la droga no entre al territorio norteamericano y a Puerto Rico, y, ¿qué hemos logrado? Han aumentado los usuarios de drogas, la familia está desintegrada, la educación, tanto pública como privada, deja mucho que desear. Vivimos en una histeria colectiva, el SIDA arropa a nuestra sociedad. Por lo tanto, podemos concluir que el camino que hemos recorrido hasta hoy no ha dado resultados. Es hora de enfrentar esta realidad y todos aquellos que tenemos responsabilidad pública, junto a los padres, sentarnos a reformular una Nueva Sociedad”.




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