jueves, 11 de diciembre de 2014

Gratos recuerdos de la excelente serie “The Wild Wild West”.

De mi niñez, recuerdo que éramos seis en casa y solo un televisor, por lo que no siempre se lograba complacer a todos. No obstante, los recuerdos bonitos son más y la capacidad de mis padres para mantener a una familia, genera lecciones y motivos de emoción, admiración y agradecimientos que son insaldables e inenarrables.

Una de mis series favoritas fue “The Wild Wild West”, protagonizada por Robert Conrad como James T. West y Ross Martin como Artemus Gordon. La serie se enfoca en las aventuras de dos agentes del servicio secreto que viajan en un ferrocarril y cuentan con recursos a tono con su tiempo y con toques futuristas al estilo de James Bond. Ambos sirven en la administración del presidente Ulysses S. Grant.

Las actuaciones, historias y detalles de realización eras excelentes y el tema musical es icónico. Años después se hizo una película que no quedó bien y la clásica serie sigue siendo excelente para todas las formaciones y para toda la familia; alentando la imaginación e inspirando a generaciones.

Lo que se veía desde ojos de niño casi como magia, sigue captando la atención en la etapa juvenil y adulta gracias a los episodios grabados y el aliento al heroísmo.
Hay heroísmo tanto en lo callado que da todo lo mejor del ser, como en lo que comunica con prudencia para que el testimonio dé luz de verdad y no aliente la soberbia. ¡Sí! ¡El heroísmo consagrado es real y puede mucho!

¡Sí! Podemos llegar a donde no hemos llegado. Podemos vestirnos del heroísmo que hace la diferencia al dar fe en donde no la hay, al saber decir no al mal, al saber decir sí a lo que suma a la vida de quienes se ama y más allá, el bálsamo a los que lloran y sufren, el perdón que no es simbólico y sí es camino de cambio y evolución, la solidaridad a quienes resisten ante las manifestaciones de la corrupción, comprensión en donde se ha perdido, apoyo al caído para levantarse, fuerza a las buenas causas, atención debida al alma en formación y al alma que merece dignidad y tanto puede aportar en los años dorados, el buen consejo que aporta a perfeccionar la jornada, potenciación a quienes necesitan redescubrir que no es demasiado tarde, en fin, el heroísmo no es ciencia ficción, fantasía, juego de niños o un imposible en el mundo. El heroísmo real se atreva a vivir, perseverar y fructificar con el más abarcador amor.

Porque Dios emplea los medios que Él desea para responder, obrar y edificar, cada alma que opta por hacer y sembrar el bien, es instrumento de Dios y canal de bendición. Somos llamados a crecer y fructificar en la vida como causa de amor.         



                             

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